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Cómo leer cuando no hay tiempo: consejos para seguir leyendo contra viento y marea

En medio de la aceleración cotidiana, la lectura sin tiempo parece ser una nueva modalidad de lectura.

Con frecuencia escuchamos que la modernidad ha traído consigo una continua aceleración de la vida cotidiana. Atrás quedaron los tiempos en que todo parecía estar sumido en un letargo imposible de romper. Hay sociólogos, como el alemán Hartmut Rosa, que estudian los efectos que esta aceleración tiene en la manera en que experimentamos el tiempo (1). Es común, entonces, sentir que el tiempo no alcanza, y que la lista de cosas pendientes por hacer crece y crece.

Si bien la organización del tiempo y la efectividad en el trabajo es un elemento importante, lo característico de nuestra época sería que este desajuste entre lo que se desea hacer y lo que se debe hacer es estructural, es decir que aunque se luche para llegar a un equilibrio este siempre será precario y tenderá nuevamente a acrecentarse.

En este contexto, la lectura de libros en formato impreso, libros que muchas veces tienen cientos de páginas, exige una determinada cantidad de tiempo y continuidad de la experiencia que son cada vez más escasas. Esto no significa, como algunos de vez en cuando vaticinan, la desaparición de la lectura o del libro. Por una parte, seguimos leyendo, ahora en distintos formatos y soportes. Por otra parte, siempre es posible hacerse el tiempo para leer libros, por extensos que sean.

Tal vez llegó el tiempo de pensar en una nueva modalidad de lectura: la lectura sin tiempo. Esta lectura sin tiempo abarcaría dos experiencias disímiles pero unidas por el mismo rasgo de la “falta de tiempo”. En primer lugar, la lectura vertiginosa que se da en Internet, esa navegación en que perdemos el rumbo con facilidad y en que las horas se nos pasan volando. En segundo lugar, la lectura que no tiene el tiempo que tal vez quisiera, la lectura a la que le falta tiempo y que tiene que buscarlo o generarlo donde tal vez no pensó hacerlo antes.


Leer sin tiempo

La escuela es el primer lugar en que un niño tiene la experiencia de leer contra el tiempo. Muchas veces, los días pasan, se acerca la evaluación, y no se ha leído lo que el profesor pidió. Luego, en la vida adulta, la situación se invierte: queremos leer, pero por diferentes motivos no logramos darle el tiempo necesario a este deseo. El libro se suele pensar en términos de tiempo. De alguna manera, su consistencia física puede traducirse en tiempo. Internet, en cambio, no permite esta consideración. Por eso resulta tan absurdo y provocador al mismo tiempo el proyecto del artista y poeta Kenneth Goldsmith, quien propuso hace un tiempo imprimir Internet (2).

¿Cómo leer sin tiempo? Para los que están sumergidos en Internet y disfrutan de los formatos digitales, aprovechar los dispositivos móviles o tabletas es una buena idea. Muchas personas ya lo hacen, aunque por alguna razón este tipo de lectura todavía no es legitimada como tal por encuestas y otras instancias institucionales. Leer en estos dispositivos, más pequeños que un libro impreso – y más livianos muchas veces – permite almacenar o acceder a una gran cantidad de libros y textos. Estos dispositivos pueden ser utilizados en espacios poco habituales para la lectura tradicional: transporte público, caminando (con cuidado), en el auto (cuando otro maneja, claro).

También podemos aprovechar los tiempos que surgen de manera inesperada. En caso de atrasos, nada como sacar un libro previsto para estas situaciones y disfrutar de la espera. Si el problema, en cambio, consiste en que estamos mucho tiempo en Internet pero las redes sociales nos impiden leer libros digitales, entonces podemos hacer uso de aplicaciones especialmente diseñadas para bloquear los sitios potencialmente distractores.

Es necesaria la creatividad para generar las instancias para leer. Roberto Bolaño, en una entrevista, recordaba a su amigo Mario Santiago Papasquiaro como alguien que no dejaba nunca de leer. Le quedó claro cuando, inquieto porque le devolvía los libros que le había prestado mojados, lo sorprendió duchándose con el brazo extendido, sosteniendo un libro abierto, para así seguir leyendo. Otro caso memorable es el de Borges, quien relata que, joven todavía, leyó – en inglés e italiano – la Divina Comedia de Dante durante los viajes que hacía en tranvía cuando se dirigía a su trabajo en una biblioteca.


(1) Para conocer el trabajo de este sociólogo, ver Rosa, Hartmut. « Aceleración social : consecuencias éticas y políticas de alta velocidad desincronizada », en Persona y sociedad, vol. XXV, n.1, 2011, p. 9-49. Disponible en : http://biblioteca.uahurtado.cl/UJAH/856/txtcompleto/txta131099.pdf

(2) Para conocer el proyecto de Kenneth Goldsmith, se puede consultar el siguiente sitio : http://printingtheinternet.tumblr.com/


Información

Técnica

Fecha de Modificación09/12/2016
Descripción BreveEn medio de la aceleración cotidiana, la lectura sin tiempo parece ser una nueva modalidad de lectura.
IdiomaEspañol (ES)
Autoreducarchile

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