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Ficha temática

Persistencia de pueblos y culturas indígenas.

Llegada del Elemento Español a Chile

Cuando los españoles llegaron al actual territorio de Chile en 1536, se encontraron con distintos pueblos que formaban parte de una larga historia de adaptación humana. Las características físicas de cada una de las regiones geográficas que conforman el territorio chileno impusieron diversos desafíos a las poblaciones que se asentaban en sus costas, valles, desiertos, selvas y montañas. Esto, unido a las migraciones y el contacto con otras sociedades, dio como resultado un mosaico de culturas. Las formas de organización de estos distintos pueblos iban desde pequeños
grupos de cazadores recolectores con escaso desarrollo material, llamados bandas, hasta grupos más complejos con diferenciación social entre sus miembros, llamados señoríos.

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Condición jurídica de los pueblos originarios

Una vez iniciada la conquista de América, las autoridades españolas debatieron intensamente acerca de la situación jurídica de sus habitantes y la forma de integrarlos en la sociedad colonial. Algunos teóricos cuestionaron la condición humana de los nativos americanos, mientras que otros defendieron la idea de que eran individuos con derechos similares a los de los europeos. Finalmente, los indígenas fueron reconocidos como súbditos de la Corona española (no como enemigos que podían ser esclavizados o aniquilados), pero declarados “incapaces relativos”, es decir, como sujetos que requieren de la tutela de un español.
Con todo, la discusión sobre la condición de los indígenas americanos continuó y, entre 1550 y 1551, Carlos I, convocó un debate en la ciudad de Valladolid para zanjar la cuestión. En ese encuentro, Francisco Ginés de Sepúlveda, teólogo español, sostuvo que los indígenas eran “bárbaros e inhumanos”, lo que justificaba su sometimiento por medio de la “guerra justa”, es decir, su esclavización en caso de ataques.
Al mismo tiempo, el también dominico y obispo de Chiapas (México) Bartolomé de las Casas defendía la plena condición racional o humana de los indígenas, partiendo de la base de que todas las naciones del mundo forman parte de la humanidad y poseen derechos similares. El debate no logró resolver la cuestión, y el tratamiento a los indígenas siguió siendo el mismo.
Estas dos posturas reflejaban intereses contrapuestos: los españoles que habitaban en América, y que habían recibido indígenas bajo su tutela, consideraban que estos podían ser usados como mano de obra forzada, lo que favorecía sus intereses económicos. Para otros, el papel de la Corona debía fortalecerse tutelando el cuidado de sus nuevos súbditos y protegiéndolos de los abusos a los que eran sometidos.
Para sostener legalmente estas entidades, la Corona emitió las Leyes de Indias, mediante las cuales se regulaba la vida social, económica y política de las colonias. Respecto a las Leyes de Indias, caben destacar las revisiones a las que fueron sometidas las Leyes de Burgos, las primeras aplicadas en América, las cuales establecían el trato que debía recibir el nativo, estipulando que los indios son libres, pero son súbditos de los Reyes Católicos, que debían trabajar en condiciones humanas, pero que su salario podía ser pagado en especie, y que en caso de que se resistiesen a las evangelización, estaba autorizado el uso de la fuerza contra ellos. Estas leyes, además, permitían el sistema de encomiendas, siempre y cuando se diera prioridad a la evangelización de los nativos y se les tratase de una manera humana.
Pero la realidad era distinta. La polémica se suscitó a partir de las denuncias realizadas por el obispo dominico Bartolomé de las Casas, con respecto a los malos tratos que recibían los aborígenes con el sistema de encomiendas. Para solucionar esta situación, Carlos V convocó una junta de juristas que elaboraron las Leyes Nuevas, las cuales fueron promulgadas el 20 de noviembre de 1542.
Estas leyes, intentaron mejorar las condiciones a las que estaban sometidos los nativos, mediante la prohibición de la esclavitud de los aborígenes, protección de la Corona, y la prohibición de la creación de nuevas encomiendas. Este último punto, la prohibición de la creación de nuevas encomiendas, provocaría que este sistema de trabajo desapareciese, lo cual creó fuertes recelos entre los encomenderos limeños, quienes se rebelaron contra el virrey llegando incluso a derrocarlo. El orden fue restablecido por las autoridades y se decidió permitir la creación de nuevas encomiendas, ya que su ausencia perjudicaba gravemente a los colonos españoles.
Las Leyes de Indias sufrieron numerosas modificaciones a través de los años. Estas modificaciones se realizaban en función de los cambios a los que se veía sometida la administración y las necesidades de la metrópoli.

 


La encomienda

Está consistía en la asignación, por parte de la corona, de una determinada cantidad de aborígenes a un súbdito español, encomendero, en compensación por los servicios prestados. Tras esto, el encomendero se hacía responsable de los nativos puestos a su cargo, los evangelizaba, y percibía los beneficios obtenidos del trabajo que realizaban los nativos.
Durante los primeros años de la encomienda, no existía ningún tipo de regulación ni jurisdicción que garantizase los derechos de los aborígenes, por lo cual, éstos eran explotados. Con las Leyes de Burgos de 1512 se establecieron una serie de pautas con respecto al uso de la encomienda, y se hizo especial hincapié en el buen trato a los aborígenes. Sin embargo, los abusos continuaron perpetuándose.

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Los sistemas de trabajo

La encomienda indiana, probablemente fue una de las instituciones de mayor trascendencia económica y social en la América española del siglo XVI y de casi todo el período colonial. Entendida, desde sus inicios, como un derecho otorgado por la voluntad real, en honor a los méritos logrados por los conquistadores por los servicios prestados en la expansión de la conquista en el Nuevo Mundo, consistía, en el cobro y percepción de tributos de los indígenas que se les encomendaren por sus vidas y las de un heredero, “conforme a la ley de sucesión”. Implicaba para el español beneficiario, el cuidado de los indios en lo espiritual y temporal: el español debía habitar y defender las tierras y velar por los indios, incorporarlos a la civilización y evangelizarlos.
La encomienda fue la forma en que los conquistadores, que en su país de origen eran pobres, pasaron a ser nuevos amos y señores.
La esclavitud se remonta a la Antigüedad en el Viejo Mundo. La mano de obra esclava se utilizó en Chile con esclavos africanos, práctica que fue prohibida en forma definitiva en 1823.
Adicionalmente, en Chile, por la Real cédula de 1608 se autorizó la esclavitud de todos los indios varones mayores de diez años y medio de edad e indias mayores de nueve años y medio que fueran capturados en guerra. Con la aprobación de la Guerra Defensiva propiciada por el jesuita Luis de Valdivia se puso fin a la esclavitud legal de los indios. Sin embargo, en 1625 por otra Real cédula la Corona española ordenó el reinicio de la Guerra Ofensiva y estableció nuevamente la esclavitud de los indígenas rebeldes, medida que fue revocada en 1674.

La MITA incaica fue imitada por los españoles imponiendo a los indígenas las mitas de trabajo. Sin embargo, el sistema sufrió una fuerte transformación impidiendo que los trabajadores indígenas pudieran cultivar sus tierras adecuadamente para la manutención de su familia dado que los turnos fueron demasiado largos y extenuantes. Además, la alimentación que recibían era insuficiente, o bien, difería de la que ellos estaban acostumbrados, lo que sumado a que los separaban de sus familias por largos períodos, llevó al debilitamiento de estos indígenas.
El Yanaconaje, también fue una institución utilizada entre los incas. En su calidad de yanacona, nombre con el que se denominaba a un servidor perpetuo, muchas veces los indígenas debieron acompañar a los conquistadores españoles. Esto ocurrió también en el caso chileno en que hubo muchos yanaconas que vinieron a estos territorios junto a sus amos hispanos, estableciéndose en el reino y conservando su calidad al servicio, ahora, de los españoles.
Las Tasas y Su aplicación
Como resultado de la política protectora de la Corona española respecto del indígena, la defensa de algunos sacerdotes a favor de los naturales, y debido a los constantes reclamos por los tratos abusivos de los encomenderos a los indígenas, durante el siglo XVI y XVII se dictaron numerosos cuerpos legales denominados “tasas”, mediante las cuales se reglamentaba el trabajo indígenas en las encomiendas. Con ellas se dejaba de manifiesto la intención de defender los derechos personales de los indígenas.
En Chile, las primeras tasas fueron las que dictó en 1558 el licenciado Hernando de Santillán. Años después, en 1580. Martín Ruiz de Gamboa, gobernador de Chile, dispuso la tasa que establecía el tributo en especies, y que debido al reclamo de los encomenderos duró poco tiempo. Posteriormente, en el siglo XVII, hubo dos intentos de reglamentar el trabajo indígena: En 1621 se dictó la tasa de Esquilache y luego en 1635 la tasa de Lazo de la Vega.
Desde el punto de vista legal la Tasa de Santillán estableció que el trabajo no era obligatorio para todos al mismo tiempo. Lo más relevante de este concepto es que los indios que ya habían cumplido con su turno de trabajo no volverían a las labores hasta el año próximo. Destinados al trabajo de las minas, los indios, recibirían la sexta parte de oro que extrajeran, el sesmo. Se debía velar porque se adquirieran todos los bienes necesarios para los indígenas; establecía asimismo la prohibición de cargar a los naturales como si fuesen animales —hecho que se había transformado en un uso frecuente en la América hispana—. A lo anterior se agregaba la prohibición de encomendar indios yanaconas y de obligar a las mujeres a trabajar para los españoles, cualesquiera fuese su edad.
La Tasa de Santillán también determinó el tributo que debían pagar los indios encomendados y la edad de los indios que podían ser enviados a las minas. Cabe señalar que una cosa eran las disposiciones legales y otra el cumplimiento o desacato que de ellas se hacía en América y Chile.

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Consecuencias producidas por la conquista española sobre la población americana.

La primera y más grave de las consecuencias fue la dramática disminución de la población indígena producto de la conquista hispánica y posterior instalación de los españoles en Chile, situación que también ocurrió en otros lugares de América.
Los enfrentamientos bélicos entre españoles e indígenas, significaron la muerte de miles de naturales. Un ejemplo de ello fue lo ocurrido en la zona de los Valles Transversales, donde se produjo la muerte de muchos diaguitas por parte de las campañas de Francisco de Aguirre en el siglo XVI. Para el caso de los mapuches los enfrentamientos también causaron grandes pérdidas humanas.
Sin embargo, hubo otras causas que acarrearon la muerte de los indígenas y la disminución de su población. Entre éstas se encuentran las siguientes:
En primer lugar, los europeos trajeron a América enfermedades para las cuales los pueblos americanos no tenían defensas, entre las cuales se puede mencionar la viruela y el tifus. Éste último, fue denominado “chavalongo” por los mapuches dado el fuerte dolor de cabeza que les acarreaba.
En segundo término, los indígenas fueron incorporados al sistema de encomiendas. Éstas fueron creadas con el propósito de premiar a los españoles por los sacrificios realizados en la conquista de los nuevos territorios para la Corona española. De esta manera, los españoles obtenían mano de obra para las tareas económicas que realizaban y a su vez debían procurar evangelizar a los nativos, junto con alimentarlos y vestir-los. Sin embargo, esta institución se prestó para fuertes abusos en distintas regiones de América así como también en Chile. Así por ejemplo, muchos indígenas fueron obligados a trabajar en largas jornadas, realizando trabajos pesados, en condiciones precarias, y sometidos a una mala alimentación. Estos hechos dieron lugar a la dictación de varias Tasas para regular el trabajo indígena las que tuvieron poca incidencia en reparar estos daños.
Por último, otra causa de la disminución de la población indígena fue el mestizaje, junto a la separación de muchas familias de indios y al “desgano vital” que padeció la población originaria.
Además, los conquistadores, en sus inicios, contaban con pocas mujeres españolas, y como grupo conquistador, violentó y se apoderó de muchas mujeres indígenas procreando con ellas hijos mestizos los que pasaron a formar la parte mayoritaria de la población de Chile. Es decir, surgió una nueva estructura social.
Esta nueva sociedad, mestiza, asimiló además el aporte de población africana que fue incorporada como esclava. Por lo tanto, producto del proceso de conquista y de la colonización del territorio, por parte de los españoles, surgió una nueva estructura social.
En síntesis, los indígenas sufrieron el impacto psicológico de la destrucción de su mundo: Muchas comunidades indígenas fueron incorporadas al sistema español quedando los nativos en calidad de encomendados o de otros sistemas de sujeción por lo que se alteraron completamente sus formas de organización y de vida.
El descenso de población indígena afectó notoriamente la disponibilidad de mano de obra que era aportada, fundamentalmente, por las encomiendas de indios.
Sin embargo los españoles no retrocedieron en su empresa de conquista con la disminución de los grupos indígenas, los que fueron paulatinamente reemplazados por población mestiza y, dependiendo del área de América que se trate, incorporaron población negra esclava, en mayor o menor escala.

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Relación entre indígenas y españoles

En América, la relación entre indígenas y españoles adquirió características distintas según la región y el tipo de población al que se enfrentaron los españoles. En el caso de Chile, los atacameños en el norte intentaron desde un principio repelerlos, pero fueron rápidamente dominados. Distinto fue el caso de los mapuches en el valle central, que resistieron y enfrentaron a los españoles durante un largo período, obligándolos a modificar su estrategia para lograr el dominio del territorio. Así, las relaciones de estos indígenas con los españoles pasaron por distintas fases: guerra prolongada, guerra ofensiva, guerra defensiva y parlamentos.

Guerra prolongada

Desde que Diego de Almagro llegó al valle del Aconcagua en 1536 y envió una expedición a cargo de Gómez de Alvarado con dirección al estrecho de Magallanes, lugar donde se enfrentaron por primera vez españoles con grupos mapuches en Reinohuelén (cerca del río Itata, región del Biobío) hasta la batalla de Curalaba, en 1598, con el asesinato del gobernador García Óñez de Loyola y el abandono de todas las ciudades al sur del río Biobío, se desarrolló la guerra de Arauco como un conflicto a gran escala y de manera prolongada. Según algunos historiadores, esta batalla marcó el inicio del período colonial en Chile, lo que entrega el estado de guerra prolongada.
Para entonces, el ejército español en Chile era una fuerza temporal, constituida por vecinos que se reclutaban cuando se producían alzamientos o ataques contra la ciudad. Una vez concluida la amenaza, el ejército se dispersaba y los vecinos volvían a sus ocupaciones habituales. Las principales campañas partían desde la ciudad de Concepción, donde se instalaron las primeras instituciones administrativas, como la Real Audiencia.

Guerra Defensiva:

A comienzos del siglo XVII hubo un cambio en la estrategia de la guerra, producto de las ideas de fray Bartolomé de Las Casas. Tras su ordenamiento como sacerdote, el español De Las Casas conoció la realidad vivida por los indígenas después del arribo de los conquistadores, lo que lo llevó a impulsar una campaña para terminar con los abusos e injusticias. Su determinación fue tal, que incluso llegó hasta la corte real a exponer sus ideas, las que fueron escuchadas y también implementadas.
Aunque como integrante de la Iglesia Católica, el fray condenaba muchas de las creencias de los nativos (como los cultos politeístas o la poligamia), criticaba el modo en que se les trataba. Para él, la evangelización no justificaba la utilización de la violencia desmedida ni tampoco las continuas humillaciones por las que tenían que pasar los indios.
Si bien las ideas del padre De Las Casas fueron postuladas al otro lado del Atlántico, hubo quienes hicieron eco de ellas, llegando hasta nuestro territorio. De la mano de los integrantes de la Compañía de Jesús, y basándose en las ideas evangelizadoras y pacifistas, se impulsó entonces la llamada guerra defensiva, que consistía en eliminar todos los métodos violentos de conquista, pacificando a los insurgentes a través de la evangelización. El gran promotor en Chile de esta idea fue el padre jesuita Luis de Valdivia, quien consiguió el apoyo de Felipe III para concretar su estrategia. De vuelta en el país y cuando el conflicto recrudecía en el sur, Luis De Valdivia convocó a una reunión a los loncos de Concepción, en 1612, para explicarles el acuerdo de paz. Los europeos respetarían sus tierras, a cambio de que ellos permitieran el ingreso de misiones evangelizadoras.
Los jefes mapuches aceptaron el trato, pero bastaría solo una provocación para que los planes de paz fracasaran. En una de las primeras misiones, los mapuches dieron muerte a tres sacerdotes, tras torturarlos con gran crueldad. Con ello se colocaba fin a uno de los proyectos más optimistas y menos violentos para terminar con el conflicto en Arauco.
La guerra defensiva contempló los siguientes aspectos:
- Se mantuvo la línea defensiva en el Biobío, prohibiendo a los militares pasar más allá.
- Se mantuvo el ejército permanente.
- Se estudió un sistema de tributos para los araucanos, que reemplazaría el trabajo en encomiendas.
- Se suspendió la Real Cédula que declaraba esclavos a los aborígenes.
- Se perdonó en nombre del rey a todos los rebeldes.

El padre Valdivia debía organizar la predicación entre los araucanos, pero a pesar de sus esfuerzos y los del gobernador Alonso de Ribera, la guerra defensiva no prosperó. Mapuches y españoles continuaron luchando. Este tipo de guerra existió legalmente hasta el año 1626, cuando Felipe IV autorizó volver a la guerra ofensiva y declaró vigente la Real Cédula de 1608, que hacía esclavos a los rebeldes.

Guerra Ofensiva:

Se impone como sistema de relaciones hispano indígenas a raíz de que  el sistema del padre Luis de Valdivia no funcionó en 1626 se volvió al sistema ideado por el gobernador Alonso de Ribera, que consistía en una frontera fortificada con fuertes que debía ir avanzando lentamente.
El regreso de los combates ofensivos no solo se justificaba por el absoluto fracaso del plan del padre Luis de Valdivia, sino que también permitía la captura y esclavización de los indígenas sorprendidos con armas los que, en gran cantidad, fueron destinados como mano de obra en las estancias.
Se volvía así a una serie de enfrentamientos sangrientos, que arrojaban una gran cantidad de muertos y prisioneros de ambos bandos. En la mayoría de las ocasiones, los españoles solo buscaban provocar a los indígenas para capturarlos como esclavos, mientras que los mapuches respondían con violentos saqueos a las estancias, asolando cultivos y poblados enteros.
Una de las causas que explica el largo enfrentamiento entre estos dos bandos está relacionada con la estructura de la sociedad indígena local, pues a diferencia de los incas en el Perú o de los aztecas en el actual México, los mapuches no obedecían a una autoridad central, por lo tanto, todo intento de acuerdo debía hacerse con cada una de las numerosas comunidades. En los casos en que este mando central existió, los españoles optaron por dominarlo militarmente y sustituirlo por las nuevas autoridades europeas. Formalmente, los españoles intentaron desde el primer contacto establecer un diálogo con las poblaciones locales, sin embargo, esta petición se realizaba sobre la amenaza de usar la fuerza militar y en el convencimiento de que la propagación de la fe cristiana era su mayor tarea.
Por otra parte, los mapuches tenían un gran conocimiento de su territorio, a lo que se sumaban las dificultades impuestas por el clima. Así, los lugares de montaña, selva y pantanos dificultaron el uso del caballo y del armamento español (arcabuces y mosquetes); la pólvora se deterioraba con la humedad y la lluvia apagaba las mechas para dar fuego. Las abundantes precipitaciones y el corto período estival, que caracterizaban a la región, impedían que el enfrentamiento se prolongase más allá de cuatro meses, lo que favorecía a los indígenas para reponer sus recursos de alimentación y guerra

El sistema de parlamentos

Desde siempre fue muy importante para la Corona incorporar a los aborígenes a la fe cristiana, apoyando constantemente esta iniciativa, moral y económicamente. La Compañía de Jesús fue la encargada de llevar a cabo la misión de evangelizar a los indígenas, estableciendo misiones en el sector de la frontera y en el interior del territorio araucano.
Pero esta tarea no solo tuvo carácter religioso, sino que además desempeñó un papel de encuentro en la vida fronteriza, donde los evangelizadores criaban a niños indígenas, ayudaban a los enfermos y acogían a los viajeros.
En 1639 asume el poder un nuevo gobernador, Francisco López de Zúñiga, partidario de buscar un entendimiento con los araucanos, apoyado por los jesuitas. En 1641 realizó una gran reunión o parlamento de Quilín con los principales jefes mapuches, donde hubo grandes banquetes, discursos, regalos y promesas de paz y amistad por ambos bandos. Los españoles reconocieron la libertad de los araucanos en sus territorios y estos permitieron el ingreso a la Araucanía de sacerdotes misioneros.
Sin embargo, estos planteamientos incluían solo al grupo familiar, por lo que los que no estuvieron presentes continuaban con los malones en forma aislada, a lo que los españoles respondieron con nuevos ataques, convirtiendo a la frontera del Biobío en una región en continua guerra.
Los parlamentos siguieron celebrándose cada vez que asumía un nuevo gobernador, pero ninguno dio frutos. El último de la época colonial fue convocado por Ambrosio O’Higgins, en Negrete (1793).
Estos parlamentos, más la labor de los misioneros y la influencia de los comerciantes, fueron configurando un especial modo de vida fronteriza. En la práctica, el límite se constituyó en una zona de intercambio que favorecía tanto a los españoles como a los indígenas. Estos últimos adquirían artículos de hierro, géneros, caballos, vino y aguardiente. Por su parte, los españoles requerían ponchos, alimentos y ganado.

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Podemos definirlo como aquel proceso en el que las personas inmigradas (blancos en su mayoría provenientes de Europa, y negros procedentes de África en menor proporción) se cruzan con los indígenas y entre sí, y tales mezclas, cada vez más complicadas, tipifican la población de las distintas regiones del continente.
El mestizaje fue un elemento fundamental en la demografía y en la sociedad hispanoamericana donde se vio favorecido por la carencia de prejuicios raciales , religiosos y la escasez de mujeres blancas entre los conquistadores y primeros pobladores.
El crecimiento de la población criolla, considerada como blanca, se hizo básicamente a expensas del mestizo, pues se entendía que hasta con un octavo de sangre india una persona podía considerarse blanca, y, por otra parte, porque el índice de natalidad de blancos puros era muy bajo, tanto por el escaso número de mujeres blancas como por la falta de aclimatación, que disminuía su fecundidad.
El mestizaje con negro fue numéricamente inferior; la esclavitud de éste hizo que se restringiera el matrimonio interracial y que el mulato (blanco y negro) y el zambo (indígena y negro) fueran siempre ilegítimos y producto de uniones esporádicas: hay que señalar que mulatos y zambos solían heredar la esclavitud de la madre.
El fenómeno del mestizaje, tan propio de Hispanoamérica, se acrecentó con el transcurso de la colonización. La legislación española que se puso en vigor tendió a fomentar los casamientos interraciales, y el mestizaje, que fue creciendo sistemáticamente, fue determinante en la demografía y etnografía hispanoamericanas.
En el territorio de Brasil (colonizado por Portugal), el mestizaje y la fusión de razas fue todavía más amplio que en la América Hispana, ya que la población indígena era considerablemente más reducida y los negros fueron más numerosos. Además los inmigrantes se concentraron en zonas más limitadas.
En la América anglosajona (colonizada por Inglaterra) la situación fue muy diferente, pues no hubo en absoluto fusión alguna entre las poblaciones inmigrantes y nativas. Los indígenas (indios) fueron desde el principio, desalojados perseguidos y obligados a retroceder al interior del territorio. Así, su pequeño número inicial no cesó de decrecer. En cuanto a los negros tampoco hubo mezcla. Blancos y negros aumentaron paralelamente, pero si los blancos crecieron numéricamente desde mediados del siglo XVII, por inmigraciones masivas y aumento demográfico, en las regiones del sur muchos centenares de miles de esclavos negros llegaron a representar más del tercio de la población dotada de una natalidad muy alta.
En Nueva Francia (Canadá) tampoco hubo mestizaje. El vasto territorio fue hasta fines del siglo XVIII un país muy poco poblado, pues, a pesar de los progresos realizados, la inmigración (tanto de franceses como de ingleses) fue escasa. Pero este hecho cambió bruscamente la demografía canadiense, sobre todo cuando la revolución de las Trece Colonias llevó al Canadá cerca de 40.000 personas procedentes de Gran Bretaña que se instalaron en Nueva Escocia y en el valle de San Lorenzo.

Una de las costumbres tradicionales de mezcla racial fueron la barraganía y el amancebamiento:

     “Podemos percibir que las “instituciones” que propiciaron la extensión de la ilegitimidad fueron las del amancebamiento y las de la barraganía. La primera apunta a la costumbre que “resultaba del acuerdo tácito de una pareja de vivir juntos, sin legalizar su unión ante la Iglesia” (Pinto, J). Práctica que al parecer fue muy habitual y que algunos autores explican por razones ligadas a la estratificación  social colonial, a la composición demográfica (mayor número de mujeres que de hombres) y a las trabas legales existentes: “Otra causa de esto es la alta contribución que cobra el clero por la ceremonia religiosa de las bodas…la consecuencia es que la mayoría del pueblo hace  vida marital sin pasar por el matrimonio y cambia de esposas a gusto…la inmoralidad ha llegado hasta tal punto que en los campos es moneda corriente y no provoca crítica alguna” (Bladh, citado por Mellafe).

La barraganía por su lado, describe la situación acaecida  en el momento en que se instala la familia legítima del conquistador con sus pares europeas o con mujeres mestizas, instaurándose por fin el ideal de la familia cristiano occidental. Sin embargo, simultáneo a este movimiento de canonización   de las relaciones hombre-mujer y de legalización de su descendencia, se mantiene la institución del concubinato al interior, muchas veces, del mismo espacio familiar ya sacralizado por el matrimonio: “Todo varón español en ejercicio  de su varonía, tenía, además de su mujer, una o varias concubinas indias o mestizas de modesta condición. Los hijos que le nacían de estas uniones consentidas por la costumbre, se agregaban a veces a la familia, aunque en rango inferior; con más frecuencia quedaban como administradores o empleados de confianza. Formaban una especie de subfamilia, a la cual se atendía en esfera más modesta que la legítima” (Encina).

De este modo, podemos apreciar que la familia colonial, en el caso de Chile, podría semejarse a una poligámica. Este fenómeno se justificaría, según el historiador antes citado, por la desproporción de sexos que se aprecia en la época y también por el hecho de que la mujer indígena provenía de una sociedad en donde la poligamia era una costumbre vigente.

La barraganía es, a nuestro modo de ver, otra vertiente del universo mestizo y de su modo de habitar el mundo. En este caso la manifestación más clara de la brecha entre el discurso y las prácticas, entre el anhelo de blanqueamiento y la realidad del mestizaje. El amancebamiento y la barraganía dan cuenta de una  conformación peculiar de los vínculos entre los sexos que propició la gestación de un horizonte de mestizos, presos de la tensión de una sociedad inédita, que utilizó, por un lado, las categorías discursivas europeas de definición social, ero, por otro lado, vivó y practicó un nuevo orden de relaciones. La barraganía es la manifestación más palpable de esta tensión y de y de su resolución: demuestra la factibilidad de asumir un rostro blanco (la constitución de una familia  legítima) y de uno no-blanco (la poligamia, el amancebamiento, la madre soltera, el huacho). Creemos que esta experiencia ha quedado como huella en nuestro ser mestizo, favoreciendo, por ejemplo, valores como el culto a la apariencia. Este rasgo pervive y se actualiza en nuestro territorio, tal vez con otros ademanes  que los históricos. Por ello, el simulacro será una de las actitudes evidentes de la constitución mestiza, la puesta en escena de su singularidad”. “Madres y huachos, alegorías del mestizaje chileno”. Montecinos, S. Edit. Sudamericana, pp. 46-47.

https://www.u-cursos.cl/altamira/2005/0/HISTO-2EM/A/material_docente/bajar?id_material=72183.

 

 

 

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Fecha de Modificación02/10/2014
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IdiomaEspañol (ES)
Autoreducarchile
Fuenteeducarchile
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NivelSectorUnidad o eje
1° medioHistoria, Geografía y Ciencias SocialesLos procesos de urbanización en el siglo XX

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