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¿Quién era Cristóbal Colón?

Conozcamos más sobre este personaje controvertido, codicioso y valiente, que buscando el oro de Las Indias, encontró un mundo completamente nuevo y fascinante, para morir luego pobre y olvidado.

Es casi seguro que este retrato no le hace justicia a Cristóbal Colón: este rostro no es el de un genial navegante.

Colón murió convencido de que América estaba en Asia.

Retrato pintado de Cristobal ColónTodavía en nuestros días, Cristóbal Colón resulta un personaje misterioso. No es mucho lo que sabemos de él; se cree que nació en Génova, que entonces era una república, alrededor de 1451. Solía jactarse de haber visto “todo el levante y el poniente” durante su juventud, de lo que se desprende que su vida habría estado relacionada con la navegación desde muy temprano, lo que no sorprende, considerando el auge de las flotas comerciales que iban y venían de la ciudad.

Puede que alguno de esos viajes lo haya conducido a Lisboa, adonde llega en agosto de 1476. Presumiblemente se inició allí en el arte de  dibujar mapas de navegación. La capital portuguesa era por aquel entonces un importante centro comercial. Al parecer no le costó mucho integrarse a la sociedad, porque poco después se casó con Felipa Muniz de Perestrello, proveniente de una familia noble portuguesa, aunque venida a menos.

De entonces datan las primeras noticias que tenemos sobre su obsesión por demostrar la existencia de una nueva ruta hacia Las Indias. Una de las hipótesis que se barajan la respecto es que su suegra le habría entregado algunos mapas pertenecientes a su difunto esposo, donde se detallaría la ruta a seguir para encontrar nuevas tierras al otro lado del mar.

Otra historia, más novelesca, cuenta que por aquellos días un marino moribundo habría llegado a las costas donde se ubicaba la hacienda familiar, en Porto Santo. Colón lo habría cuidado hasta su muerte, y este en agradecimiento le habría hablado sobre la existencia de tierras camino del poniente, en el grado 28 del paralelo norte, a 750 leguas de las islas cristianas.

De cualquier manera, debería haber alguna explicación al hecho de que, aunque los planes del Almirante estaban plagados de errores de apreciación y carecían de cualquier consistencia científica, hubo al menos dos cosas en las que acertó de lleno: la distancia de 750 leguas desde la Isla de Hierro y la ruta de la línea de los vientos alisios. Tales indicios bastaban para suponer que hubiera una ruta alternativa hacia la China y el Japón.

Lo cierto es que, ya en 1483, apoyado en sus contactos familiares, Cristóbal Colón se presentó ante Juan II, rey de Portugal, para proponerle su empresa. Descrito por los cronistas de la época como “altivo, descortés y rebelde”, Colón exigió el título de Gran Almirante del Mar Océano, el Virreinato de las tierras descubiertas y un diezmo de los beneficios obtenidos por el viaje. Su propuesta fue desechada, pero se dice que a pesar de la decepción, el rey Juan II quiso verificar por sí mismo ese plan descabellado, encargando un estudio científico. Y aunque oficialmente el informe fue negativo, el monarca habría tenido intenciones de acometer el proyecto por su cuenta. Sin embargo cuatro años más tarde, cuando en 1487, las carabelas de Bartolomé Días doblen el cabo de Buena Esperanza, es decir, el punto en que la costa africana deja de correr hacia el sur y se endereza hacia el norte, Portugal perdería todo interés en la empresa. Ya no necesitaba ninguna ruta alternativa; Oriente le abría sus brazos por debajo del África.

Colón optó entonces por establecerse en Palos, España. Por aquellos días era viudo, pobre y con un hijo pequeño que alimentar. El azar quiso que tomara contacto con Antonio de Marchena, fraile de un monasterio franciscano ubicado en la Rábida, y experto cosmógrafo.
Este, fascinado por las historias de Colón, contribuyó con sus conocimientos a darle una base científica a su proyecto: una multitud de citas tomadas de antiguos textos clásicos. Tal vez no constituyeran un gran fundamento teórico; muchas de ellas ni siquiera concordaban entre sí; pero bastaban para hablar el lenguaje de los sabios de su tiempo.

Eran tiempos de gran agitación para la corona española. Los “reyes católicos” estaban empeñados en expulsar a los musulmanes de Granada, y apenas tenían tiempo para atender otros asuntos. Sin embargo, Antonio de Marchena era amigo del confesor de la reina, y por esa vía logró agendar una entrevista para su amigo.

Colón pudo presentarse ante los reyes en 1486. El cronista Antonio de Herrera lo describe entonces como: “alto de cuerpo, el rostro luengo y autorizado, la nariz aguileña, los ojos azules; la barba y los cabellos, rubios, gracioso, alegre, bien hablado y elocuente”. Con la lección portuguesa aprendida, ahora se mostraba mucho más persuasivo y atento a los intereses de su auditorio, entremezclando las alusiones al oro y la riqueza que encontrarían, con las almas que se conquistarían para Cristo mediante este viaje.

Era no obstante, un hombre inflexible y arrogante, no aceptaba ser contradecido, aunque fuera en detalles sin importancia. Cuando se le planteaban objeciones, se las ingeniaba para responder a medias y daba siempre a entender que sabía más de lo que hablaba.

Los reyes se manifestaron satisfechos después de la entrevista, pero quisieron asegurarse: convocaron una reunión de hombres sabios en la ciudad de Salamanca para examinar este proyecto. Allí Colón sacó a relucir toda clase de argumentos: citó los trabajos de Eratóstenes sobre la redondez de la tierra, dijo que el Océano Atlántico no podía ser más ancho que el Mediterráneo: Aristóteles, Séneca, Estrabón, Ptolomeo, Averroes, la Biblia, nada se le quedó en el tintero. Lamentablemente, el informe de la comisión fue lapidario y concluyó que el viaje era imprudente, oscuro y contrario a los designios de Dios.

Colón había puesto de manifiesto una completa ignorancia en cuestiones científicas elementales; los cálculos para su pretendido viaje a Japón y a la China suponían que la Tierra tenía menos de la mitad del diámetro real, entre otras imprecisiones. Más que la de un marino, su conducta era la de un charlatán. A pesar de todo, los Reyes Católicos, con la prudencia de los buenos soberanos, no descartaron el proyecto y dijeron amablemente que lo dejarían para más adelante.

Más tarde, cuando corría el año 1491 y ya había perdido prácticamente las esperanzas, solicitó una nueva reunión a los reyes de España, ante la insistencia de su amigo Antonio de Marchena y en vistas de que la rendición de Granada era inminente.

Como respuesta recibió instrucciones para presentarse ante la corte en Santa Fe. El rey Fernando lo consideraba un mercanchifle, pero la intuición de la reina Isabel decía otra cosa. La decisión parecía tomada de antemano, la corona apoyaría el viaje con el dinero para tres carabelas y sus tripulaciones. La entrevista fue tediosa para los monarcas: Colón exigía el cargo de Almirante vitalicio, como virrey y gobernador de las tierras por descubrir, más un tercio de los beneficios y un diezmo de las mercancías traídas de las Indias. Finalmente se salió con la suya y las capitulaciones fueron firmadas.



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Descripción BreveConozcamos más sobre este personaje controvertido, codicioso y valiente, que buscando el oro de Las Indias, encontró un mundo completamente nuevo y fascinante, para morir luego pobre y olvidado.
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7° básicoHistoria, Geografía y Ciencias SocialesEl nacimiento de la civilización europea, las primeras fases de la Edad Media
5° básicoHistoria, Geografía y Ciencias SocialesHistoria

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