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Niños con dificultades en el habla

Si tu hijo no ha desarrollado el habla en los tiempos y con las características previstas para su edad, no hay que entrar en pánico ni angustiarse. Puedes apoyarlo en la casa.

Miguel Higuera, fonoaudiólogo de la Universidad de Chile, explica que en caso de tener un hijo con dificultades en el desarrollo del habla, una detección temprana ayuda a superar más rápidamente las dificultades. Pero aclara que también es importante la participación activa de la familia en las prácticas y actividades sugeridas por los especialistas.

Jaime Bermeosolo, psicólogo formado en la Pontificia Universidad Católica de Chile, señala que frente a un trastorno o alteración de la voz, los padres deben evitar situaciones de ruidos y gritos. Por ejemplo, pueden bajar el volumen de la televisión o radio, para posibilitar una conversación relajada y sin esfuerzos.

Ejercitación.- En casos de dificultades o trastornos en el habla como la dislalia, es frecuente que los fonoaudiólogos recomienden a los padres realizar ejercicios en casa con sus hijos. Por ejemplo, jugar a exagerar los movimientos de la boca al practicar las vocales o jugar a repetir series de sílabas o palabras.

Niño con la mano en la gargantaNo estresarse por un posible retraso en el desarrollo del lenguaje no significa que haya que esperar a que el problema se solucione por sí mismo. Hay que tener en cuenta que los trastornos del habla son variados y de distinta causa y severidad.

Miguel Higuera, fonoaudiólogo de la Universidad de Chile y autor del libro “Mi hijo no habla” (Editorial Aguilar), asegura que uno de los trastornos del habla más común es la dislalia, que se refiere a la dificultad  para pronunciar determinados sonidos de la lengua. En Chile son muy comunes el ceceo (producir el sonido ese con la lengua entre los dientes) y la mala producción de los sonidos ere y erre, junto con dificultades para producir combinaciones de consonantes o dífonos tales como /pl-pr-tr/ etc. Por ejemplo, algunos niños pronuncian algo como “zapo” en lugar de sapo, “dropa o gopa” en lugar de ropa o “tiompo” en lugar de trompo.

La dislalia no es un problema de lenguaje, en el sentido de que no afecta otros niveles o produce dificultades en el pensamiento, comprensión de la comunicación o aprendizaje. Tal como explica Miguel Higuera, “sus causas generalmente se relacionan con malformaciones en la mordida (dientes separados, mordida abierta, etc.), malos hábitos como la respiración bucal (tomar aire por la boca, mantener la boca abierta), deglusión atípica (tragar con lengua entre dientes, succionar labios al tragar), otitis recurrentes y rinitis que no sólo disminuyen la audición (en hasta un 30%) sino que se asocian a la respiración bucal y la mala deglución”.

En general, estas dificultades evolucionan bien en la mayoría de los niños afectados y en caso de necesitar terapia, los procesos se normalizan en períodos que van desde un par de meses a un año, dependiendo de la cantidad de dislalia y de su causa. Pero en cuanto a dificultades en el habla, hay casos más complicados, como la dispraxia oral y la disartría (ver recuadro 1).

¿Qué pueden hacer los padres?

Frente a cualquier sospecha de que el habla de un niño no se desarrolla bien, lo primero que deben hacer los padres es averiguar de qué problema se trata exactamente. Por ello, la primera recomendación es consultar y pedir evaluaciones médicas y de profesionales del lenguaje para descartar o confirmar la presencia de un trastorno expresivo. En general, se sugiere consultar a profesionales de las siguientes especialidades:

Otorrinolaringología: determinará si hay  malformaciones en la lengua, presencia de amígdalas hipertróficas, adenoides o cualquier impedimento a la respiración nasal. También evaluará la audición y alteraciones del oído que pueden comprometer el desarrollo del lenguaje en general.

Fonoaudiología: evaluará el desarrollo del lenguaje, la voz y el habla y realizará una valoración del desempeño, conforme a lo esperado para la edad y la cultura. Determinará la necesidad de tratamiento específico, ya sea para el habla o la forma de respirar o tragar.

Odontología: evaluará la estructura de mordida y la relación de la lengua con los demás órganos implicados en el habla. En casos más severos (paladar hendido, mordida invertida) se recomienda una evaluación por cirujanos maxilofaciales u ortodoncistas para determinar tratamientos correctivos.

Es necesario considerar que junto con la participación activa de la familia en las prácticas y actividades sugeridas por los especialistas, una detección temprana ayuda a superar más rápidamente las dificultades.

Ejercicios simples y útiles

Miguel Higuera señala que generalmente los fonoaudiólogos entregan muchas indicaciones a la familia para realizar ejercicios simples. Dentro de las más utilizadas podemos citar las siguientes prácticas:

  • Imitar gestos con el rostro, tales como muecas, abrir y cerrar la boca, hacer chasquidos con labios o lengua (sapitos, besos o caballitos) que ayudan a mejorar la coordinación muscular general de cara, lengua y labios.
  • Poner sabores (mermelada, jugo en polvo, etc.) en las comisuras de los labios, frente o tras los dientes incisivos superiores e inferiores y que los niños se lo saquen con la punta de la lengua.
  • Jugar a exagerar los movimientos de la boca al hacer las vocales.
  • Jugar a mantener botones, gajos de uva, entre los labios.
  • Jugar a pintar, subir escaleras, armar torres, etc. Manteniendo los labios juntos y la boca cerrada.
  • Jugar a repetir series de sílabas o palabras.
  • Jugar a corregir los errores del adulto o decir si el adulto está pronunciando bien o mal determinados sonidos (independientemente de si el niño/a logra pronunciar el sonido, al determinar el error del adulto está desarrollando conciencia y discriminación auditiva, de gran importancia para la corrección del problema; además, constituye una de las bases del aprendizaje para leer y escribir).
  • Seguir las recomendaciones y practicar los ejercicios que sugieran los especialistas por lo menos dos a cuatro veces por día, para asegurar que se produzcan los aprendizajes esperados.

¿Y si hay trastorno o alteración de la voz?

En este caso, estamos hablando de una dificultad para hablar que se manifiesta generalmente en la intensidad, tono o timbre, y que puede estar causada por múltiples factores, desde malformaciones en la laringe hasta un mal uso del aparato respiratorio y vocal.

Jaime Bermeosolo, psicólogo formado en la Pontificia Universidad Católica de Chile y autor del libro “Psicopedagogía de la Diversidad en el Aula”, señala que frente a un trastorno o alteración de la voz, hay recomendaciones muy concretas para el hogar y la escuela. Entre las primeras, destacamos:

  • Conseguir un ambiente relajado en la casa.
  • Evitar situaciones de ruidos y gritos.
  • Bajar el volumen de la televisión o radio, para posibilitar una conversación relajada y sin esfuerzos.
  • Hablar siempre al niño pausadamente, con claridad e intensidad normal.
  • No hablarle desde lejos, no llamarle desde otra habitación.
  • Conseguir que el niño no grite y si lo hace, indicarle que se calle y que vuelva a hablar con voz normal.
  • Ayudarle a relajarse cuando esté forzando la voz.
  • En los casos de voz débil, pedirle que hable con más potencia.
  • Cuidar los excesos vocales durante las enfermedades que afectan la voz (laringitis, resfriados, etc.)

Asimismo, el profesor en el aula debe conseguir que no se grite en clases, comenzando él mismo por dar el ejemplo. Es recomendable que coloque al niño con alteraciones de la voz en un puesto cerca de la primera fila, para no tener que hablarle fuerte ni obligarlo a que tenga que hacerlo él.

Dislalias, Dispraxias y Disartrías

El fonoaudiólogo Miguel Higuera explica que la dislalia es una dificultad  para pronunciar determinados sonidos de la lengua y, en general, tiene un buen pronóstico. “Estas dificultades evolucionan bien en la mayoría de los niños afectados y en caso de necesitar terapia, los procesos se normalizan en períodos que van desde un par de meses a un año, dependiendo de la cantidad de dislalia y de su causa”, afirma.

Pero cuando la dificultad se mantiene a pesar de la estimulación o terapia, “podemos estar frente a problemas tales como la dispraxia oral, que es una alteración del sistema nervioso central y de la coordinación de los movimientos del habla, junto con el tono muscular. Hay casos más severos, en los que además de la dificultad para pronunciar, hay dificultad para imitar o compromiso en la calidad de la prosodia, la entonación o la voz; aquí estamos frente a una disartría, que ya implica un mayor compromiso incluso a nivel de las áreas cerebrales encargadas del habla”.

Miguel Higuera destaca que “es importante señalar que muchas dislalias, junto con la deformación de palabras de manera frecuente (omitir sílabas, cambiar muchos sonidos o sílabas de lugar) haciendo el discurso poco comprensible, más allá de los 3 años, se relacionan con algo más severo que una dislalia y que llamamos trastorno fonológico, porque implica la desorganización o inmadurez para estructurar el sistema de sonidos que constituye el lenguaje y que puede afectar otros niveles como el sintáctico (capacidad para formar frase y oraciones) y la comprensión en general. Estos son los niños que más allá de los 3-4 años pueden decir que “pulan con pamolas lelel coechio”, en lugar de jugar con  palomas en el colegio. Cabe resaltar que muchas veces estos niños van a presentar  dificultades en el aprendizaje de la lectoescritura”.

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