Como directora de una institución educativa, pienso que el liderazgo es una herramienta esencial para el desarrollo de nuestro quehacer diario.
Por Mónica Seguel Bahamondes
Podemos encontrar mucha literatura sobre liderazgo pedagógico. Existen investigaciones y estudios nacionales e internacionales que revelan el impacto que implica este concepto y si lo asociamos al rol del director podemos decir que cuando contamos con directores “lideres” apropiados de su rol, los resultados de aprendizaje de los alumnos se ven favorecidos, porque es la segunda mayor influencia en el aula luego del trabajo mismo del profesor.
Trabajar en educación implica revisar permanentemente las prácticas pedagógicas dados los paradigmas educativos, tendencias, relaciones sociales y cambios tecnológicos que ocurren en nuestras sociedades. Según mi experiencia profesional, cuando hemos instalado herramientas de gestión, hemos experimentado el poderoso efecto multiplicador en toda la vida escolar y especialmente en los resultados de aprendizaje de nuestros alumnos. Creo fehacientemente que los directores somos los encargados de promover buenas prácticas pedagógicas, ofrecer estrategias, procesos, mecanismos, herramientas que desarrollen una cultura de alta expectativas y aprendizajes significativos para la organización.
“El liderazgo es la labor de movilizar e influenciar a otros para articular y lograr intenciones y metas compartidas en la escuela (Leithwood, 2009)”, dicho de otra forma, nosotros como directores somos los primeros responsables en influenciar, conseguir y provocar estos cambios, profundizar prácticas y conseguir aprendizajes de calidad para la organización, y al referirme a aprendizajes de calidad no sólo estoy pensando en los alumnos, sino en una organización con docentes y no docentes que aprenden con una mirada común a favor de los aprendizajes de los alumnos.
Estamos en permanente búsqueda de instancias, estrategias y herramientas que nos orienten y permitan conseguir mejores resultados de aprendizajes en nuestros alumnos, quienes provienen de sectores sociales y económicamente vulnerables.
Si no nos apoderamos del rol de líder como docentes y líder como directivos, dentro de la sala como fuera de ella, no desarrollamos efectividad. Particularmente este año, hemos trabajado con la profunda convicción de que debemos ir a observar clases, visitar el aula, no sólo como equipo directivo sino que entre los mismos docentes para mirar, dialogar, aprender, replicar, validar y reconocer las buenas prácticas que suceden en la misma institución.
Los directores debemos servir de guía y apoyo a la labor del profesor, compartir y poner nuestra experiencia a disposición del quehacer pedagógico, de manera de generar una articulación real entre los distintos niveles de enseñanza, entre los sectores de aprendizaje, en relación al uso de recursos pedagógicos, métodos, formas de enseñanza, estructura de clases, normalización, ambiente de aprendizaje y planificación entregando feedback y retroalimentación inmediata, de manera de ir generando un estándar para la organización, asegurando la instalación de prácticas pedagógicas y aprendizajes en el mediano y largo plazo para nuestros alumnos. En el caso de mi establecimiento, también hemos ido despertando el interés en todos los actores de nuestra comunidad educativa, en la que hemos ido desarrollando un aprendizaje colaborativo, permanente y progresivo, de manera de ir instalando una cultura escolar que promueva aprendizajes individuales y colectivos de calidad.
Según nuestra experiencia, ajustar, modificar, implementar prácticas de liderazgo no es una tarea sencilla, se pasará por distintas etapas y niveles de efectividad antes de que sean parte de la rutina diaria de trabajo, por eso me quedo con esta frase: “el liderazgo es la práctica cotidiana de la mejora” (Elmore 2008). Día a día construimos y mejoramos nuestro trabajo y mientras sea más compartido el liderazgo entre los docentes y directivos, este influirá más en los procesos, en la organización y en la cultura escolar.
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