Dos psicólogos que formaron parte del equipo de asistencia a los colegios dañados por el terremoto de Tocopilla en 2007, nos cuentan su experiencia.

El último terremoto sufrido por nuestro país ocurrió hace apenas dos
años, en Tocopilla, y en pleno horario escolar. La comunidad estaba bien
entrenada en planes de seguridad y evacuación, por lo que sólo hubo que
lamentar dos decesos. No obstante, varias escuelas y no pocas casas
sufrieron daños, generando consecuencias que se extienden hasta nuestros
días. Los psicólogos Paulina Quezada y Juan Malebrán formaron parte del equipo
de asistencia social asignado a las escuelas de Tocopilla luego del desastre.

De acuerdo a Juan Malebrán,
buena parte de las complicaciones sociales
que trajo el sismo, tienen que ver con el hacinamiento, ya que muchas
familias terminaron viviendo en campamentos hasta el día de hoy. Esto
provocó que se destaparan situaciones que estaban ocultas, de violencia
intrafamiliar, abuso sexual, etc, a la vez que aumentó la agresividad
entre los muchachos. A nivel escolar, Malebrán recuerda que la fusión de
establecimientos, producto de los daños en infraestructura de algunas
escuelas, trajo consigo incluso desavenencias entre los mismos
profesores: “al principio se acepta la nueva escuela, pero los espacios
se reducían, había un solo baño para el doble de personas, la sala de
profesores, la biblioteca, todos los espacios no estaban diseñados para
tanta gente”.

Para los días del terremoto, Paulina Quezada era la coordinadora comunal
del programa Habilidades para la Vida de JUNAEB. “Después de una
catástrofe natural, las personas quedan en un estado de alerta (cuenta)
que dura alrededor de un mes, hasta que llega el acostumbramiento”. La
especialista recuerda que durante ese lapso de tiempo dormía con la
ropa puesta, como medida de precaución. Luego de ese plazo pueden
aparecer efectos postraumáticos que se manifiestan de manera diferente
de acuerdo a la edad de los niños, sobre todo en aquellos que son más
retraídos y no verbalizan la experiencia.
“Los de alrededor de 5 años todavía tienen un pensamiento mágico, si se
ven afectados probablemente sufran conductas regresivas: quizás se
vuelven a hacer pipí en la cama, a chuparse el dedo, y a manifestar
reacciones típicas de una edad menor”, sostiene Paulina. En niñitos
mayores, de entre 6 y 8 años, pueden aparecer episodios de ira,
preguntas insistentes sobre “por qué se cayó la casa”, “por qué tenemos
que vivir aquí”, etc.

En Tocopilla los niños que se quedaron sin casa, al principio
encontraron entretenido vivir en carpa, era toda una aventura. Paulina
recuerda que cuando pasaba por barrios transitorios de emergencia, veía
a los niños “jugando al terremoto”, lo que es bueno para asimilar el
evento traumático. Sobre todo, la especialista recomienda enfocar el
trabajo con los niños en la verbalización de sus emociones: “la emoción
es difusa (explica), y al convertirla en palabras tiene lugar un proceso
de cierre. Así el trauma se racionaliza, se hace conciente y puedes
trabajarlo, eso se consigue a través del lenguaje porque el lenguaje
incluso crea realidades”.
Paulina también recalca que no se debe perder de vista a los profesores, quienes también quedaron con un estado de animo afectado. Tras la
fusión de escuelas debían compartir el mismo baño, los de la mañana no
podía adornar su sala de acuerdo a su conveniencia porque después iba a
venir el curso de la tarde, se tuvieron que acortar las jornadas
escolares, la biblioteca, la sala de profesores, todos los espacios
educativos recibían al doble de su capacidad.Por otra parte, al pertenecer a la clase media, los docentes no están familiarizados con los subsidios y sistemas de ayuda estatal, por lo que les cuesta un poco más recuperarse.
Seguramente estos problemas comenzarán a aflorar muy pronto en las zonas afectadas, por eso tenemos que brindarles todo nuestro apoyo y no desanimarnos en el proceso de reconstrucción que ya comenzó nuestro país.
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