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Ivonne Rosales es directora del colegio Extremadura, de Puente Alto.
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"La educación en Chile ha vivido en estos últimos tiempos profundas transformaciones que afectan a los alumnos, a los docentes y a las familias; quienes hemos “gestionado” estos procesos hemos sido testigos y motores de cambio en otros; pero posiblemente no de nosotros mismos".
Por Ivonne Rosales
El Liderazgo educativo se ha transformado en una variable fundamental para alcanzar la calidad educativa, introduciéndose en el debate educacional y en las políticas nacionales.
Según Leithwood (2006), el liderazgo se entiende como “la capacidad de ejercer influencia sobre otros individuos, de manera que éstos tomen los principios propuestos como premisa para su actuar”. El mismo autor dice: “el liderazgo educativo está asociado al desarrollo de ciertas conductas que vinculan directamente a los líderes con la organización, haciendo posible la influencia de la conducción en el comportamiento y en el “sentido” que moviliza a los integrantes de una comunidad escolar”.
Esta mirada sobre la forma en que se ha de ejercer el liderazgo a nivel escolar hoy, parece lógica y de gran sentido; sin embargo al igual que cualquier cambio de paradigma, implica cambios profundos en la manera de sentir, pensar y hacer, lo que puede representar un gran riesgo para quien lo vive y para lo que es necesario cambiar o instalar; pues tal como plantea Marris (1975) “todo cambio real representa una seria experiencia personal que implica pérdida, ansiedad y lucha”, lo que no siempre permite llegar de buena forma al puerto requerido.
La educación en Chile ha vivido en estos últimos tiempos profundas transformaciones que afectan a los alumnos, a los docentes y a las familias; quienes hemos “gestionado” estos procesos hemos sido testigos y motores de cambio en otros; pero posiblemente no de nosotros mismos, hemos animado a cambiar enfoques pedagógicos, metodologías, formas de estudiar e incluso de estar en familia; sin embargo durante este tránsito de reformas, hemos seguido siendo y haciendo lo mismo en materia de gestión. ¿Qué implicancias tiene entonces hoy transformarse para transformar a otros? ¿Cómo podemos hacer frente a la ambivalencia e incertidumbre que genera el cambio?
Al igual que los docentes que podrían adoptar estrategias pedagógicas o materiales didácticos sin alterar su conducta y sus concepciones de aprendizajes, nosotros como directivos podríamos supervisar más clases o recorrer más los pasillos sin con esto convertirnos en verdaderos líderes pedagógicos; sin asimilar las nuevas concepciones y los cambios personales. Tal como plantea Fullan (1999) “el cambio real implica cambios en las concepciones y en los comportamientos de los actores, lo cual explica por qué es tan difícil de alcanzar” y por qué se producen a veces solo pseudo cambios que han dañado más la educación que lo que han aportado a ella.
Entonces, antes de decidir si queremos ir por el “Camino Amarillo” y si queremos conducir a los otros por él, debemos preguntarnos ¿Qué concepciones debemos cambiar?; ¿Qué hábitos alojados en nuestras rutinas diarias debemos dejar? y ¿Cuáles debemos incorporar?; ¿Queremos influir o inspirar a los demás? ¿Estamos claros y convencidos que debemos dejar este nuevo hábito cuando una nueva mirada o paradigma educativo lo requiera? ¿Cuánto estamos dispuestos a cambiar, para cambiar a otros? y por último ¿Para qué y por qué cambiar?
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